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Mariano Barusso

Nos dejó quien nunca se jubiló de la pregunta

Una despedida personal a Edgar Morin, el filósofo que eligió no jubilarse nunca de la pregunta. Sobre el pensamiento complejo, los clásicos que nos acompañan mientras envejecemos, y lo que su legado sigue teniendo para decirnos en este cambio de época.

Edgar Morin murió ayer, a los 104 años. Lo segundo que sentí, tras la sorpresa y la pena, es que se fue siendo joven. No metafóricamente, sino que en 2025 publicó ¿Hay lecciones de la historia? Un gesto que lo pinta en alma y cuerpo.

Enfatizo su juventud porque me parece la clave más subversiva de su legado. Vivimos una época que confunde velocidad con vitalidad, que premia las respuestas rápidas y penaliza la pregunta sostenida. Morin hizo exactamente lo opuesto durante un siglo entero, manteniendo viva la capacidad de asombrarse, de incomodarse, de recomenzar. La comprensión, nos enseñó, surge de la recursividad entre experiencia, reflexión y tiempo.

Lo conocí a través de sus textos mucho antes de comenzar a entender lo que me estaban diciendo. Digo “comenzar” con toda intención, porque la tarea de comprender su legado sigue vigente para mí, y sospecho que lo estará hasta mi final.

Tuve la suerte de trabajarlo durante meses de la mano de Santiago Kovadloff y mis compañeros del seminario permanente de filosofía. El libro que nos convocó fue Para salir del siglo XX, donde conversamos sobre la paradojal realidad de que, décadas después, seguimos necesitando salir.

Santiago dice que “los clásicos son aquellos autores que siguen teniendo algo para decirnos mientras nosotros envejecemos.” Morin era ya un clásico antes de partir y lo será en los siglos por venir, como interlocutor vivo, capaz de iluminar preguntas que todavía no nos hemos hecho.

Y como un joven protagonista, desde sus múltiples propuestas y escenarios para un futuro ecológicamente saludable para la comunidad de propósito compartido, nosotros.

Su contribución más profunda no fue un concepto sino una postura. El pensamiento complejo es la decisión de no mutilar la realidad para hacerla manejable, de aceptar que los sistemas vivos solo se comprenden en sus relaciones, en sus contradicciones, en lo que emerge cuando no reducimos.

Esa idea vive en el motto que hoy acompaña a Asertys: “Elijamos lo improbable”, que sostiene la misma convicción esperanzada de Morin de que lo peor no es seguro y que lo improbable puede acontecer.

Nos deja huérfanos. Pensadores y militantes humanistas de su envergadura son cada vez más escasos, y su ausencia se siente con urgencia particular en este complejo cambio de época.

Querido Edgar, gracias por tus 104 años de pensamiento vivo y por no haberte jubilado nunca de la pregunta. Te vamos a extrañar, te vamos a necesitar, contamos con tu legado.


Pilar, Buenos Aires, Argentina | 30 de mayo, 2026

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