Cambiar puede vivirse como el ascenso a una montaña, sacudir lo pétreo que moldeamos desde el magma de nuestro devenir o la plataforma para transformar todo el paisaje, cuesta abajo, paso a paso.
Ayer por la mañana tuve una conversación con Carlos, un empresario con más de cuarenta años de historia en su emprender, a quien aprecio mucho y con quien hace unos años no trabajamos.
Fue una reunión pedida por él para compartirme una madeja intrincada de temas que lo desvelan, no solo del negocio sino principalmente de su momento como dueño, conductor y persona. Lo escuché con atención. Luego le devolví algunos puntos esenciales a los que podía prestarle atención, y algunos movimientos mínimos, básicos, que podía intentar para cambiar el curso de algunas situaciones que lo tienen como coprotagonista. Todo en un desayuno de una hora, al aire libre.
Carlos llegó con angustia y se fue con alivio y claridad. Al final, cuando ya estaba por despedirse, me dijo que se sentía sinceramente agradecido por la simplicidad y la hondura de los puntos que habíamos tocado, pero que todo aquello que le proponía se sentía como subir una montaña. “Lo siento como un esfuerzo monumental”, expresó con sinceridad.
Sentí lo que él sentía y creí comprender por qué lo sentía así: lo que le estaba proponiendo, para que pudiera salir del sufrimiento que me compartió, aunque eran movimientos pequeños y específicos, tocaba el lugar que él fue construyendo a lo largo de décadas.
No le proponía que dejara de ser quien es, sino que le sugería que revisara la forma en que aprendió a pararse frente a su gente, frente a su empresa, frente a los suyos. Que explorara hacerlo de otras maneras. Y eso pesa.
Sentí de manera directa lo que me expresaba y lo validé. Me quedé con esa imagen de la montaña y se la devolví, pero de una manera distinta.
Los pequeños cambios de hábitos, cuando son genuinos, no modifican un comportamiento: cuestionan una identidad. Es lo que ocurre con todos los cambios de segundo orden; en el fondo, son un cambio identitario. Lo mismo que nos pasa a cualquiera de nosotros frente a un cambio de hábitos, sean de vida, de trabajo, alimenticios o de condición física. Dar pequeños pasos de manera sistemática nos suena a una cuesta hacia arriba, pero lo que nos cuesta en realidad es confrontar con la definición que tenemos hasta aquí de quiénes somos.
En el caso de Carlos, esas capas se fueron formando por necesidad y por la cristalización esperable que deviene del mero paso del tiempo. Porque crear una empresa, sostenerla y proyectarla en contextos como el nuestro exige construir roles que funcionen como sostén de muchos, y que pueden convertirse en una armadura para uno mismo, porque se consolidan tanto que ya no se distinguen de uno mismo.
Por eso lo invité a pensar en una imagen diferente ante esa montaña: como si el esfuerzo no fuera escalarla sino conmover lo petrificado en él. Lo invité a imaginarse sacudiendo su cuerpo y dejando que algunas de esas capas pétreas caigan, rueden, se desgranen. No para desintegrarse —porque no podría hacerlo como acto consciente— sino para sentir un poco más de liviandad. Para volver a sentirse en movimiento y más libre respecto de cómo quiere pararse, qué lugar quiere ocupar y cómo quiere vincularse con quienes lo rodean, tanto en la conducción de la empresa como con los equipos que lo acompañan. Y en su cara, por un momento, vi exactamente eso: algo que se aflojaba.
Nos despedimos con un abrazo y una sonrisa sentida. Volví caminando a la oficina por la vereda soleada de la avenida Melián pensando: ¡Qué lindo es mi trabajo! Y qué enorme impacto siento en estos momentos de la semana, donde la intervención no ocurre en un proceso formal ni con un grupo grande, sino en una conversación con un líder que, si logra hacer esos pequeños cambios monumentales, puede traer una perspectiva y una vitalidad nueva para tantísimas personas que dependen de él.
¡Feliz día de los trabajadores!
Mariano Barusso | Belgrano, Buenos Aires, Argentina | Abril, 2026 📷 Camino al Aconcagua (2026) ® Todos los derechos reservados