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Mariano Barusso

El cuarto tiempo • De la aceleración a una ecología del tiempo humano

Este ensayo nace de una inquietud personal sobre la tensión entre el tiempo humano y el de la inteligencia artificial. Indagándola, descubro que es apenas el caso más visible de algo más amplio: nuestra creciente exposición a fenómenos simultáneos que ocurren a escalas muy distintas entre sí, muchos de ellos producidos por nuestra propia actividad como especie. La pregunta de fondo es cómo evolucionamos nuestra capacidad de procesamiento individual y colectiva, para adaptarnos de manera generativa frente a esos fenómenos, que me lleva a proponer una ecología consciente del tiempo humano.

Somos habitantes de múltiples tiempos

Desde hace algún tiempo me persigue una inquietud sobre nuestra experiencia del tiempo. Nació de una observación muy concreta, no de una preocupación filosófica abstracta: el desacople entre el tiempo humano y el tiempo de las inteligencias artificiales. Lo noté primero en mí mismo y después en las personas más cercanas que las usan a diario.

La inquietud fue migrando a desvelo, cuanto más me informaba sobre las tecnologías exponenciales en general, así como los riesgos de aceleración de ciertos fenómenos naturales y sociales a escala global.

Estos registros personales íntimos y compartidos fueron mutando en preguntas sucesivas, hasta que necesité aclarar mi mente frente a qué fenómeno estaba realmente, si era nuevo o no, y qué implicancias adaptativas conllevaba. Porque hablamos de adaptarnos con relativa simpleza, sin la suficiente sensibilidad y comprensión acerca de las manifestaciones del tiempo.

Al ampliar la mirada encontré fenómenos muy distintos entre sí que comparten el hecho de que no siempre somos conscientes de ellos. Algunos suceden a una velocidad que excede ampliamente nuestra capacidad de percepción, mientras que otros despliegan sus efectos con una lentitud que los vuelve casi invisibles durante buena parte de nuestra vida. Lo más desconcertante es que todos pueden estar ocurriendo a la vez, influyéndose entre sí mucho antes de que lleguemos a comprender del todo lo que está pasando.

El clima, los mercados, las migraciones, los conflictos geopolíticos, las tecnologías exponenciales pertenecen a órdenes diferentes y sería un error reducirlos a una misma explicación. Sin embargo, comparten desde nuestra experiencia: el hecho de que participamos de ellos sin poder habitar del todo las escalas temporales en las que ocurren. Tomamos decisiones cuyas consecuencias aparecen años después, y al mismo tiempo recibimos los efectos de procesos tan veloces o tan distribuidos que ningún individuo podría seguirlos mientras suceden.

La pregunta que fue tomando forma a partir de ahí fue sencilla: ¿estamos preparados para vivir en un mundo cuyos procesos relevantes transcurren, cada vez más, en escalas temporales distintas de la nuestra?

Para pensar este problema me resultó útil volver a algunas palabras antiguas y al pensamiento clásico, porque aprendí que un clásico alcanza esa categoría menos por su antigüedad que por su vigencia, validada en el poder que tiene para comprender el presente y especular sobre el futuro. 

Los griegos tenían distintos términos para el tiempo, y aunque sería forzado presentarlos como una clasificación cerrada, tres de ellos siguen ofreciendo lentes muy fértiles. Cronos es el tiempo que se mide y se ordena: el del reloj, del calendario, de los plazos; el tiempo convencional. Kairós remite al momento oportuno, a la cualidad de una situación, al instante en que algo puede comprenderse o decidirse porque llegó su hora, a la vivencia subjetiva del devenir. Aión nos acerca a la duración, a los ciclos de la vida y de nuestro metabolismo, a las rutinas y los rituales, a los procesos cuyo sentido solo aparece cuando contemplamos el horizonte con verdadera amplitud. Vivimos en esas tres temporalidades casi siempre sin distinción y en un plano no consciente.

En mi trabajo con el mundo empresario, y con personas en roles de conducción de distintos niveles, vengo generando conciencia hace ya varios años sobre esta distinción, para comprenderlos y habitarlos con una mejor sensibilidad: medir sin perder oportunidad, dejar madurar sin perder ritmo. Y justo en ese proceso, todavía inconcluso, empezó a acentuarse con una fuerza creciente otra condición temporal que no encaja del todo en ninguna de esas tres experiencias, y que voy a retomar en breve.

Antes de llegar ahí, vale la pena detenernos en algo que ya vivimos: con la expansión de la sociedad industrial, el historiador Edward Thompson (1967) mostró cómo se transformó profundamente nuestra relación con el tiempo. El trabajo que antes se organizaba en torno a tareas concretas y ciclos naturales fue subordinándose a la disciplina del reloj. Fue la época en que surgió toda una educación sobre cómo ahorrar tiempo y cómo aprovecharlo mejor. Hoy nos cuesta imaginar que esa forma de vivir haya necesitado aprenderse, y esa misma dificultad para imaginarlo es lo que hace útil la comparación con lo que viene. Vuelvo ahora a esa condición temporal todavía sin nombre, dejando atrás esta digresión histórica. 

Mi primera hipótesis fue que el problema era la velocidad. Los mercados financieros ejecutan operaciones en milisegundos o una noticia recorre el planeta antes de que las instituciones involucradas tengan tiempo de interpretarla. Hartmut Rosa (2013) estudió estos efectos de aceleración y, sobre todo, las desincronizaciones que aparecen cuando distintos ámbitos de la vida social dejan de poder acompasarse.

Cuanto más lo pensaba, menos me convencía esa explicación. El cambio climático presenta la dificultad exactamente contraria, porque sus relaciones causales atraviesan décadas. Muchos procesos ecológicos, demográficos o culturales se acumulan lentamente hasta un umbral crítico, y lo que en algún momento irrumpe como crisis suele haber estado gestándose durante años, fuera de nuestra percepción inmediata (retomaré un ejemplo actual sobre el final de este escrito).

Escalas diferentes y simultáneas

Luego, comencé a pensar que el problema era la escala. Algunas dinámicas son demasiado rápidas para nosotros, otras demasiado lentas, otras demasiado extensas o demasiado distribuidas. Pero esa formulación tampoco alcanzaba a explicar lo más importante: esas escalas no existen por separado.

Un proceso climático de décadas puede modificar migraciones de varios años; esas migraciones alimentan tensiones políticas que maduran durante meses; esas tensiones repercuten en expectativas económicas que cambian en días, y esos cambios activan algoritmos que reaccionan en milisegundos. Creía estar observando un problema de velocidad, luego pensé que era un problema de escala. Ahora creo que el verdadero nudo está en la coexistencia entre escalas. ¡Eureka! Pareciera que cuando pensamos en sistemas complejos, la comprensión se encuentra en las conexiones y en sus patrones.

A esa condición de coexistencia de escalas la nombré Synchrónos, en un intento de búsqueda de sentido y coherencia en este planteo. La palabra remite, en su origen griego, a lo que ocurre conjuntamente en el tiempo, y extiendo deliberadamente ese sentido para nombrar un régimen temporal en el que procesos, ritmos y escalas muy distintos se desarrollan simultáneamente, interactúan y producen efectos que ninguna mente individual puede percibir o comprender por completo mientras están ocurriendo. 

Lo propongo como una manera de nombrar la configuración en la que procesos que ocurren a ritmos y escalas temporales muy distintos coexisten y se afectan entre sí, y no como una cuarta categoría equivalente a Cronos, Kairós o Aión.

Pensemos de nuevo en las conexiones que mencioné: el clima, la migración, la tensión política, el mercado, el algoritmo. No considero que deba llamar Synchrónos a cada uno de esos fenómenos considerado aisladamente; de hecho, varios de ellos ya contienen internamente procesos que operan en escalas diferentes. Synchrónos nombra la condición que aparece cuando esos ritmos y escalas coexisten, se relacionan y producen efectos recíprocos que ningún observador puede abarcar por completo en tiempo real.

Frente a esa condición hay un trabajo que siempre tuvimos que hacer y que ahora se vuelve más exigente: articular y regular los distintos planos de nuestra existencia temporal. Estamos cada vez más expuestos al protagonismo de Synchrónos, y buena parte de eso es fruto de nuestra propia actividad como especie.

Sostengo que no hay ningún déficit humano allí, sino una limitación de base como especie, con la que podemos seguir conviviendo. Mi posicionamiento va más allá, creo que debemos vivir con esa limitación, ya que considero que en el hipotético caso de que lográramos trascenderla, nos habríamos extinguido en tanto Sapiens. Ante Synchrónos no hay un déficit humano que corregir, solo continúa un esfuerzo adaptativo que siempre tuvimos que hacer, y que ahora se vuelve más exigente.

Ese trabajo de sincronización nunca fue tarea de un individuo aislado. Daniel Kahneman y Amos Tversky (1979) mostraron que nuestra racionalidad no solo está limitada por la información disponible, como ya había señalado Herbert Simon en 1955, sino por atajos mentales que usamos incluso cuando esa información sí está a mano. Thomas Malone (2018), en sus estudios sobre inteligencia colectiva, agrega algo complementario desde otro ángulo: redes de personas y computadoras conectadas de cierta manera logran una inteligencia que ninguna de las dos partes alcanza por separado.

Como individuos aislados nunca tuvimos capacidad para responder a la complejidad de nuestro entorno. Resolvimos ese límite colaborando y construyendo inteligencia colectiva: grupos, comunidades y sociedades. El lenguaje, las instituciones, la ciencia y la escritura son formas de distribuir percepción, memoria e interpretación, y nuestra inteligencia para la supervivencia no reside solo dentro de nosotros; una parte decisiva reside entre nosotros. La respuesta ante Synchrónos consiste en construir redes humanas, humano-sintéticas y humano-sintético-naturales, con mayor capacidad de percibir e interpretar escalas diferentes. Una estrategia de habitación contraria a cualquier exigencia a que los individuos seamos capaces de procesar cada vez más rápido.

Sabemos hace tiempo que un organismo y su medio no funcionan como orden y ejecución, porque el medio no le dicta mecánicamente al organismo qué hacer. Ambos subsistemas se van transformando recíprocamente, y el organismo cambia según su propia estructura, conservando la organización que le permite seguir siendo lo que es. Es la idea de acoplamiento estructural que desarrollaron Maturana y Varela (1978), y me resulta muy fértil para pensar nuestro problema.

Creo que vale la pena señalar un límite que esta idea no debería disolver, sobre todo frente a fantasías transhumanistas o mecanicistas que imaginan una adaptación acelerada a la velocidad digital. La modificación estructural de la que hablan Maturana y Varela tiene un límite claro: el que impone la identidad y la supervivencia misma de la especie u organismo en cuestión. Por eso asimilo la idea de singularidad a la extinción del sapiens como lo conocemos.

Los cambios de comportamiento, de cultura o de herramientas pueden ocurrir en años o en décadas, pero los cambios en la estructura biológica que nos constituye como especie ocurrieron en otra escala completamente distinta: la anatomía y la fisiología del Homo sapiens moderno tardaron alrededor de trescientos mil años en configurarse, y los rasgos que compartimos con el linaje hominído más amplio, varios millones. No hay atajo tecnológico que comprima esa escala evolutiva a la escala de un ciclo de producto. Al menos no sin riesgos existenciales.

Llevada con cuidado a nuestro caso, la idea de acoplamiento estructural nos permite distinguir dos formas de adaptación: una reactiva y otra generativa. La primera implica acomodarnos a cada exigencia del entorno, reproduciendo sus ritmos hasta someternos a ellos y caer, si se sostiene en el tiempo, en una sobreadaptación poco productiva y hasta degenerativa. La segunda consiste en desarrollar una adaptación que promueve el aprendizaje de tercer orden, modifica nuestras estructuras paulatinamente y amplía nuestra capacidad de respuesta conservando autonomía.

Una adaptación reactiva, sostenida en el tiempo, se convierte en sobreadaptación: ganamos eficiencia para responder y perdemos la capacidad de preguntarnos a qué estamos respondiendo. Más aún y sin eufemismos, la sobreadaptación es una respuesta disfuncional y enfermante, que cobra en monedas de motivación, compromiso y bienestar en la organización moderna.

Frente a fenómenos que se aceleran, la reacción más obvia es acelerar nosotros también, pero adaptarnos de manera generativa puede requerir justamente lo contrario: preservar las diferencias que nos permiten regular nuestra relación con el entorno, en vez de parecernos cada vez más a él. En este punto no hace falta preocuparnos por preservar lo humano, alcanza con ocuparnos de jugar con la mayor plenitud posible nuestra humanidad, expandiéndola hacia terrenos que inclusive hemos abandonado hace mucho, como el de nuestra relación con el mundo natural. Preservar lo humano es para mí, comenzar una nueva era desde la renuncia al Humanismo.

Mi idea de una ecología temporal

Llegado a este punto, Cronos, Kairós y Aión dejan de ser una referencia histórica o lingüística, y recuperan una función muy práctica en el presente. Necesitamos Cronos para medir y coordinar. Necesitamos Aión para lo que exige duración y persistencia: construir confianza, sostener rutinas, transformar una cultura, desarrollar una identidad. Y necesitamos Kairós no solo para reconocer cuándo intervenir y cuándo esperar en una situación externa, sino también para reconocer qué y cómo nos sentimos frente a ella, para registrar nuestras propias vivencias mientras decidimos. Un sistema que ya calculó la respuesta antes de que termines de leer la situación, y de leerte a ti mismo leyéndola, te quita justamente eso.

Pienso en un equipo que enfrenta un incidente de seguridad: actúa desde Cronos para contener el ataque en horas, entra en Kairós para elegir el momento justo de comunicarlo, ni ocultarlo, ni salir a informar antes de entender qué pasó, y debe habitar Aión para reconstruir después la confianza de sus clientes, contener las ansiedades de los trabajadores y aprender en los meses siguientes. Así se ve con claridad lo que significa entrar y salir de temporalidades sin quedar atrapado en ninguna.

De este recorrido surge para mí una idea más importante que Synchrónos: necesitamos desarrollar una ecología temporal consciente, una ecología del tiempo humano, del tiempo socioecológico de nuestra existencia. Para que no quede como una entidad abstracta, pensemos en un bosque, donde conviven procesos que van de las horas a los siglos: una hoja responde a la luz en minutos, un árbol crece durante décadas, el suelo se regenera durante siglos, y de tanto en tanto un incendio resetea todo el sistema en cuestión de días. Un bosque resiliente no es el que logra que todo se mueva a la misma velocidad, sino el que sostiene la relación correcta entre esos ritmos, de modo que ninguno colonice a los demás. La misma idea que desarrolló Crawford Stanley Holling (2002) en sus trabajos sobre sistemas socioecológicos, con ciclos adaptativos de distinta escala que se influyen mutuamente, y que Fritjof Capra (2014) llevó al terreno de las relaciones, más que al de los objetos aislados. 

Llamo ecología temporal consciente a esa misma capacidad, individual y colectiva, aplicada a nuestra vida y a nuestras organizaciones: reconocer, proteger y articular temporalidades diferentes según lo que cada situación requiere, sin dejar que una de ellas colonice al resto. Supone entrar y salir de distintos tiempos sin quedar atrapado en ninguno: acelerar cuando la situación lo pide, proteger la lentitud cuando sin ella se pierde comprensión, delegar procesamiento sin delegar criterio.

Esto importa especialmente porque no somos observadores externos de todos los fenómenos que intentamos entender. Sin dudas, no somos los autores de un terremoto, pero sí de muchos de los fenómenos socioculturales y ambientales que nos exceden. Nuestras decisiones de consumo, inversión y diseño tecnológico contribuyen a producir algunos de esos fenómenos, que después experimentamos como fuerzas externas que nos sobrepasan. Por ejemplo, extendemos de manera intensiva y sostenida la frontera agrícola en regiones enteras, para luego orar al cielo por la escasez o exceso de lluvia; en el primer momento actuamos como tecnócratas confiados en nuestra ciencia, mientras que en el segundo somos creyentes atemorizados rogándole a Dios por su benevolencia. 

Gregory Bateson (1972) advirtió sobre el error de separar al organismo del circuito más amplio del que participa. No somos observadores externos de los fenómenos que intentamos entender: muchos de los que nos exceden, los producimos nosotros mismos.

Separamos todo porque aprendimos a pensarnos separados: del planeta, de la biosfera, del resto de lo vivo, hasta de nosotros mismos, a quienes tratamos como objetos que hay que optimizar. Muchos pueblos originarios no cargaban con esa fractura. En sus cosmovisiones no existía la frontera entre sujeto y objeto, entre lo humano y la naturaleza, que nosotros heredamos como si fuera sentido común. Tal vez lo que buscamos, sin nombrarlo casi nunca, sea reaprender ese pensamiento y esa vivencia no dual: dejar de trocear la experiencia en compartimentos estancos, y volver a sentirnos parte de una sola trama. El bosque no elige entre la hoja y el árbol. Tampoco nosotros deberíamos elegir entre nuestros tiempos.

Dónde entra la inteligencia artificial

La inteligencia artificial vuelve especialmente visible todo este fenómeno, aunque sería un error ponerla en el centro de la cuestión, ya que, como vimos, convivimos desde siempre con realidades que exceden nuestra escala. Lo nuevo es que hoy tenemos tecnologías capaces de intervenir en esas dinámicas, acelerarlas y conectarlas y, al mismo tiempo, ayudarnos a percibirlas.

Esa es una paradoja que me interesa señalar: las mismas tecnologías que contribuyen a producir fenómenos fuera de nuestra escala pueden ampliar nuestra capacidad para comprenderlos. Un sistema de inteligencia artificial relaciona cantidades de información imposibles para una persona, detecta patrones débiles y explora futuros posibles con una velocidad que extiende nuestras capacidades. Es parte del problema y puede convertirse también en una prótesis cognitiva para relacionarnos con él. Incluso nuestra capacidad anticipatoria entra en esa tensión: la prólepsis de la inteligencia artificial —su capacidad de anticipar escenarios sin experimentarlos— se encuentra con esa capacidad humana de feedforward, de anticipar futuros posibles y construir significado sobre ellos antes de que ocurran, una dimensión que Michael Mahoney (1988) trabajó desde el constructivismo psicológico.

Esa ampliación de nuestras capacidades no es neutra. Hay evidencia incipiente, todavía no concluyente, sobre los efectos de delegar tareas cognitivas en sistemas externos y sobre sus posibles impactos en la memoria, el pensamiento crítico y la autonomía cuando esa delegación se vuelve automática y sin criterio. No hace falta exagerar el diagnóstico para tomarlo en serio.

Por eso, quiero ser preciso en algo que vengo sosteniendo a lo largo de este ensayo. El juicio, la empatía y el criterio ético que siguen correspondiendo a lo humano frente a la inteligencia artificial no residen principalmente en la persona aislada frente a su asistente. Residen también, y de manera decisiva, en el colectivo humano: el equipo, la comunidad, la red de la que esa persona forma parte. Solemos plantear la adaptación como un problema del individuo frente a la tecnología, cuando la capa que realmente importa es cómo evoluciona cualquier comunidad humana en integración con tecnologías agénticas, nutriendo en conjunto el criterio, la empatía y la perspectiva ética que ningún sistema puede ejercer por sí solo.

Esto es racionalmente comprensible, pero no está tan claro que lo tengamos resuelto en la práctica. La divulgación, y buena parte de los mensajes que circulan en redes sociales y profesionales, sigue apoyándose en un supuesto de salvataje individual, de empoderamiento personal frente a la disrupción[1]. En un mundo cada vez más polarizado, y en ecosistemas económicos donde abunda la transaccionalidad del poder asimétrico como modelo predominante de relacionamiento, la construcción de lo colectivo no es un logro garantizado. Así como no podemos dar por sentados los tiempos que nos hacen humanos, tampoco podemos dar por sentado el comportamiento colectivo en nuestras empresas, instituciones y sociedades. Ni siquiera, en los sistemas democráticos que conocimos.

Es fácil listar las capacidades esencialmente humanas que queremos preservar. Es mucho más difícil garantizar los tiempos que esas capacidades necesitan para cultivarse, y mucho más difícil aún lograrlo a escala colectiva, entre equipos y entre comunidades. Pensemos en un ejemplo concreto: un empleado con jornada completa, sometido a objetivos y calendario, tiene en promedio mucho menos tiempo de calidad para aprender a dialogar con estas tecnologías que alguien con un trabajo autónomo, parcial, o incluso en una etapa temporaria de desempleo mientras define su próximo proyecto. Ese segundo grupo puede darse el lujo de explorar, equivocarse, iterar. El primero, no. 

En la vida de una empresa promedio manda Cronos, manda el resultado, manda el calendario, y Kairós y Aión se acomodan como pueden, casi siempre a costa de la persona que intenta sostenerlos por su cuenta, sin que la organización le dé ese tiempo y, muchas veces, sin que su grupo o comunidad lo noten.

De ahí se desprende algo más, central para todo lo que vengo planteando. En nuestras organizaciones, Cronos ya cuenta con poderosos mecanismos que lo protegen y lo reproducen: agendas, presupuestos, objetivos, indicadores, calendarios y plazos. Synchrónos, por su parte, no espera nuestra autorización para desplegarse: la coexistencia de escalas pertenece a los fenómenos con los que convivimos. Kairós y Aión rara vez cuentan con una infraestructura equivalente y, si no los cuidamos de manera deliberada, tienden a quedar subordinados. No se trata de darles una prioridad permanente por sobre Cronos o Synchrónos, porque eso reproduciría la misma colonización de una temporalidad sobre las demás que venimos cuestionando. Se trata de sostener activamente las condiciones para que esos tiempos puedan entrar en juego cuando la situación los necesita, algo tan concreto como bloquear en la agenda un tiempo que nadie va a pedir, o sostener una conversación incómoda que ningún indicador exige todavía. Ese cuidado simultáneo y sostenido es una de las meta-operaciones que hacen posible una ecología temporal más saludable.

Sobre esa base, las organizaciones que empiezan a incorporar agentes sintéticos capaces de percibir, decidir y conversar entre sí van a multiplicar su capacidad de procesamiento. Pero su inteligencia real va a depender de algo menos espectacular: de cómo esa red humana logra articular sus propias temporalidades con las de esas inteligencias. La respuesta no puede ser pedirle a los individuos que aceleren hasta parecerse a sus máquinas. Tiene que ser una respuesta de red, no de una sumatoria de individualidades.

Quiero ser honesto con un límite que me permito considerar en todo esto, basado en la bella e insoslayable limitación originaria que nos hace humanos. Hace poco pasé un día entero en un congreso de ciberseguridad y una tendencia aparece con claridad: en escenarios de ataque y defensa, sea en una guerra real o en un delito informático contra organizaciones o personas, cada vez más va a ser una inteligencia artificial la que enfrente a otra. Ahí, en los segundos en que esos agentes deciden, el juicio humano puede quedar genuinamente afuera de la ecuación, por más consciente que sea nuestra integración colectiva de Cronos, Kairós y Aión. 

Recuerdo hace unos años, cenando con un comandante de una flota extranjera que fue accediendo gentilmente a una serie de preguntas curiosas en las que yo me había embarcado, me contó que, desde su rol, debía ceder el control de respuesta de toda la flota a la IA cuando el nivel de complejidad de la situación desbordaba la capacidad de decisión de su equipo o su propia capacidad de decisión. A esto me refiero.

Es decir, no quiero que esta reflexión suene ingenuamente optimista, porque hay fenómenos sincrónicos, agudos o prolongados en el tiempo, donde la respuesta humana colectiva que vengo describiendo puede no alcanzar. Eso pertenece a un problema distinto, el de los riesgos existenciales, y excede lo que este artículo puede resolver. Prefiero nombrarlo antes de cerrar, en vez de dejar la impresión de que la ecología temporal consciente alcanza para todo lo que Synchrónos nos va a traer.

Como lo he intentado a lo largo de este desarrollo, no quiero confinar esta idea solamente al campo de las tecnologías exponenciales. Mientras escribo esto, el Himalaya nepalí atraviesa una tragedia que todavía no terminó: el desprendimiento de un glaciar a más de cinco mil metros de altura desencadenó una avalancha de hielo, roca y lodo que arrasó comunidades enteras en los distritos de Rasuwa y Nuwakot, con cientos de muertos y personas todavía desaparecidas. Los científicos vienen advirtiendo hace años sobre el retroceso de esos glaciares. Un proceso lento, casi imperceptible año a año, puede ir gestando durante décadas las condiciones para un colapso que ocurre en minutos y deja luego una cadena de riesgos que vuelve a desplegarse en otras escalas. Ahí también hay Synchrónos, sin ningún algoritmo de por medio. El ejemplo muestra además un límite y una exigencia de la ecología temporal: cuando el proceso entra en su fase aguda, el margen humano puede ser mínimo; justamente por eso importa nuestra capacidad de relacionar los tiempos lentos de observación, prevención y adaptación con los tiempos rápidos de alerta y respuesta.

Finale

Empecé este recorrido preguntándome si estábamos entrando en un cuarto tiempo. Synchrónos sigue pareciéndome útil para nombrar esa condición, pero ya no creo que la respuesta consista simplemente en agregar una cuarta categoría a las anteriores. El verdadero aprendizaje es desarrollar conscientemente una ecología de nuestras temporalidades para ampliar nuestra capacidad de adaptación sin perder autonomía en el proceso. Nuestra labor por delante no es defender una supuesta lentitud humana, sino los distintos tiempos y ritmos que hacen a la experiencia humana en sus múltiples dimensiones, y nuestra relación integrada con el planeta que nos da la vida.

Tampoco se trata de rechazar tecnologías cuya capacidad puede ser decisiva para satisfacer nuestra humana curiosidad y afrontar problemas que exceden ampliamente nuestra escala individual. Precisamente, se trata de prepararnos para que sigan siendo tecnologías a nuestro servicio y al servicio de la biosfera que regenera la Vida.

Como en el bosque, la salud se alimenta al sostener la relación correcta entre lo que crece en minutos, lo que crece en décadas, y lo que solo se regenera a lo largo de una vida. Esa relación no es nueva para nuestra especie, ya que, desde la piedra tallada hasta hoy, cada salto tecnológico amplió nuestra capacidad de coordinarnos. Lo que cambió con cada salto fue la escala de esa coordinación, de un puñado de personas a millones que nunca se van a conocer entre sí. La necesidad de coordinarnos no cambió. Lo nuevo hoy es la escala, la velocidad y la simultaneidad de los fenómenos con los que ahora tenemos que coordinarnos, eso que llamé Synchrónos: procesos que ocurren a la vez, en escalas tan distintas, que ninguna mente humana logra percibirlos ni comprenderlos del todo mientras suceden.

Moverse cada vez más rápido no es, quizás, el signo de una organización o una comunidad verdaderamente inteligente. Ese signo está, sobre todo, en aprender a reconocer qué tiempo necesita cada cosa. Y en elegirlo.


[1] Esta misma fragilidad de lo colectivo es, en otra escala, la pregunta detrás de la salud de las democracias contemporáneas. Es un tema que excede este artículo, pero que comparte la misma raíz.


Mariano Barusso, Pilar, Buenos Aires, Argentina | 28 de agosto de 2026 | Imagen portada: Penélope (Barusso, 2019) | Todos los derechos reservados | infografías generadas con IA.

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