Sin proponérnoslo, podríamos estar aprendiendo algo muy distinto de lo que la tecnología promete: a desconfiar por defecto. A partir de una escena real del 9/11, donde una voz y un nombre alcanzaban para coordinar una crisis en minutos, este artículo pregunta qué pasa cuando esas mismas señales ya pueden simularse, y si el precio de adaptarnos no será naturalizar la sospecha como forma de relacionarnos, incluso con quienes más queremos.
Volví a ver estos días algunos videos de los atentados del once de septiembre de dos mil uno y, en particular, el registro de las llamadas del fatídico Vuelo 11 de American Airlines me dejó pensando en algo que me inquieta: el futuro próximo de la confianza y la verdad, en tiempos de virtualidad y verosimilitud.
Betty Ong, sobrecargo con catorce años de antigüedad, llama desde un Airfone a la mesa de reservas de la empresa. Se identifica una sola vez, sin que nadie se lo pida: “Mi nombre es Betty Ong, soy la número tres en el Vuelo 11.” Después describe lo que está pasando, con dos o tres compañeros ya heridos o muertos a bordo. Del otro lado, la agente (humana) que la atiende suma a su supervisora a la llamada, y la supervisora suma después a un gerente. Nadie pide una clave, nadie verifica nada, alcanza con la voz, el nombre dicho una vez y un relato coherente con la urgencia del momento. Y alcanza para que se muevan recursos, se activen protocolos, se cierre el espacio aéreo de todo un país.
Ahí encuentro una estructura que hoy se nos revela frágil: primero, la confianza como supuesto, desde el cual se asume que quien llama es quien dice ser. Segundo, la verdad como un conjunto de señales suficientes en ese contexto, una voz, un nombre, un relato coherente con la urgencia. Y recién entonces, como consecuencia de esas dos capas, la coordinación veloz que una crisis exige.
Confianza, verdad y coordinación, la misma combinación que nos permitió construir comunidad, identidad, y todo lo que hicimos como especie hasta hoy.
Hoy esa composición está en riesgo, no todavía en crisis, pero debilitada en su base. Porque lo que hace dos décadas era imposible de falsificar en tiempo real, una voz, un nombre, una urgencia genuina, hoy puede simularse. Y cuando eso ocurre, se derrumba antes la confianza que sostenía esa verdad, y con ella, la posibilidad de coordinarnos rápido cuando más lo necesitamos.
Lo primero que me pregunto es qué vamos a construir para reemplazar esa confianza cuando ya no baste con reconocer una voz, inclusive con imagen en tiempo real. Todavía me pasa que algún adolescente mira algo que le muestro y me dice, “no, eso es IA”. ¿Pero por cuánto tiempo más vamos a conservar ese discernimiento?
No quiero llevar esto demasiado lejos, pero si la confianza que permitía coordinarnos rápido frente a una emergencia está en riesgo, es inevitable pensar más allá de las situaciones de crisis: ¿qué va a pasar con la confianza como base de la convivencia cotidiana, de la construcción de comunidad, de la vida en sociedad? Vamos a tener que comunicarnos compartiendo cifrados, haciendo doble o triple chequeo, usando aplicaciones para validar que quien nos habla es realmente nuestro compañero de trabajo, un cliente, un colega, un amigo.
Tal vez estés pensando lo mismo, pero ahora en presente: qué está pasando ya con la confianza. Porque esto ya está ocurriendo. Lo escuché repetidas veces en el último congreso de ciberseguridad organizado por Forum, donde participé como conferencista: la suplantación de identidad mediante inteligencia artificial es hoy uno de los riesgos más altos que enfrentan empresas y personas, y ya dejó de ser una hipótesis de laboratorio.
La respuesta que está construyendo el mundo de la ciberseguridad ya tiene nombre: Zero Trust no confiar en nada ni en nadie por defecto, verificar siempre, cada vez, sin excepción. Y me pregunto si eso mismo, que hoy diseñamos para proteger información valiosa, redes y sistemas, no es lo que vamos a tener que empezar a aplicar también en nuestras relaciones, muchísimas de las cuales ocurren de manera virtual, incluso las más cercanas.
Aunque el temor al otro viene creciendo desde años previos a la emergencia de las tecnologías exponenciales y alimentando la polarización a nivel global, lo que más me inquieta hoy es el acostumbramiento a lo virtual y a lo verosímil, en reemplazo de nuestros consensos y pruebas sociales previas sobre la realidad y lo verdadero.
Porque la disolución de límites se está dando con tal velocidad y efectividad que nos está enseñando a desconfiar por defecto, a partir de la sospecha de que cualquier cosa que vemos o escuchamos puede ser falsa, incluso un mensaje de un ser querido.
Veo ahí una probabilidad alta de que ocurra algo todavía más serio: que nos vayamos acostumbrando a desconfiar. Si nuestro aprendizaje como ciudadanos evolucionara en esa dirección, estaríamos ante uno de los riesgos existenciales y convivenciales más graves para los seres humanos, por nuestro carácter esencialmente social. Y el riesgo más profundo sería naturalizar esa misma lógica, la de no confiar por defecto, como condición para interactuar, relacionarnos y coordinar acciones.
Si no podemos confiar entre nosotros, tampoco vamos a poder sostener lo que construimos juntos, empresas, comunidades, democracias.
Quizá lo que estoy haciendo aquí es un llamado acuciante por la confianza. Afortunadamente, sé que todavía hay muchos del otro lado de la línea dispuestos a escucharlo, y a luchar por ella.

14 de septiembre, 2026 ©️ Todos los derechos reservados