La bioeconomía es sin dudas una herramienta fundamental para frenar el deterioro de nuestro Hogar-Planeta-Tierra, pero solo para eso, para demorar la declinación derivada de un modelo de producción y consumo insostenible.
La semana pasada leía el Issue 68 del World Economic Forum 3 tendencias en clima surgidas del 56º Encuentro Anual en Davos y sentí la necesidad de compartir esta perspectiva.
La primera tendencia que el newsletter presenta es que restaurar el planeta no es solo un imperativo moral, sino que también es bueno para los negocios. Una consideración que forma parte de la construcción del “caso de negocio para la naturaleza, la tercera tendencia presentada.
Plantear que la regeneración planetaria no es solo “un imperativo moral”, sino que además “es buena para los negocios”, es otro gesto de complacencia y de sostenimiento del statu quo.
Es reforzar el mismo origen del problema y mantener la conversación en un nivel bajo y confortable, dentro del modelo degenerativo vigente, donde lo realmente relevante es todo aquello que pasa el tamiz del criterio de ser un buen negocio.
La moral y la ética quedan excluidas de esa mesa de negociación, tal como viene sucediendo en las 30 hashtag#COP realizadas hasta el año pasado.
Se de la importancia de la economía ambiental para preservar a ciertos ecosistemas y es, sin dudas, uno de los caminos, pero considero que está dentro de la misma caja.
En su memorable discurso en Davos, Mark Carney –Primer Ministro de Canadá– citó la idea de Václav Havel –primer Presidente de la República Checa– según la cual los sistemas disfuncionales se sostienen porque cada ciudadano común sostiene en su vida diaria un cartel con un eslogan del poder dominante en el que no cree.
Sostener aquí que regenerar el planeta es, ante todo, “bueno para los negocios” es un ejemplo claro de lo que Havel describió como “vivir en una mentira”. Carney a la vez, desafió a la audiencia a “bajar el cartel”.
La salud de nuestro hogar-planeta no es “negociable” y no puede seguir siendo tratada por nosotros —una entre 8,7 millones de especies que cocrean la Vida— como si se tratara de una madre inmortal y de recursos infinitos.
Nos comportamos como hijos codiciosos, amorales y desamorados, que especulan con los activos de su madre mientras ella aún está con vida, y ansían su muerte temprana para acceder antes a una herencia más voluminosa.
Está claro que en el caso de la degeneración de la salud de nuestra madre-biosfera no habrá un contexto muy amigable para disfrutar una herencia oscura y poco amigable.
El imperativo de regeneración planetaria es existencial y ético, porque lo que no hemos comprendido todavía es que nuestra vida depende de la Vida que la Tierra sostiene: de una biosfera saludable.
El respeto por la biosfera es una cuestión de principios, bienestar y verdadera justicia social. Es un asunto de criterio de realidad, grandeza y visión trascendente. ¿Nos importan los bisnietos de nuestros hijos? ¿Nos importan realmente nuestros congéneres? ¿podemos ver que somos –como insiste Edgar Morin– una comunidad de destino compartido?
Pensar la Vida que nos da la vida como una opción de negocios —como parte de las transacciones económicas— confirma una miopía cultural que exige renunciar al adjetivo sapiens hasta nuevo aviso.
No hemos comprendido nada aún… o no nos interesa.
Mariano Barusso, 26 de enero de 2026 ©️Todos los derechos reservados.