Humanizamos lo que no siente y deshumanizamos lo que sí. La IA : es nadie. Preservar nuestra humanidad depende de recordar esa distancia lúcida entre lo vivo y lo inanimado.
Desde que nos separamos de la naturaleza, los seres humanos hemos demostrado una extraordinaria capacidad para cosificar la Vida que nos da vida: la biosfera, sus ecosistemas, los seres vivos que los conforman, incluyendo a nuestros congéneres.
A lo largo de nuestra historia tendemos a tratar como objetos inanimados a todo aquello que vive, que siente, respira, muere, que nos sostiene. Cosificamos también a otros seres humanos de quienes dependemos para la construcción de nuestra mismidad. Es más, nos consumimos a nosotros mismos bajo el imperativo productivista y el FOME (Fear Of Missing Everything).
Sin embargo, hoy la direccion parece invertirse. Y ahora, paradójicamente, intentamos hacer lo inverso: humanizar lo que no siente.
En este nuevo escenario, buscamos compañía —y hasta trascendencia, leamos bien a Kurzweil— en redes de agentes artificiales.
Esta paradoja nos interpela: ¿Qué nos lleva con tanta urgencia a menoscabar nuestra vitalidad y a delegar la construcción de comunidad, presencia y cultura?
Buscamos que la tecnología nos acompañe, nos comprenda, nos oriente. Pero en realidad, no lo hace, porque no puede hacerlo: no tiene conciencia, no se pregunta por el sentido de la existencia, no necesita, no desea, no teme, por lo cual no puede empatizar con nosotros. No nos comprende.
Solo puede procesar, sorprendentemente, los datos biométricos que le regalamos a sus productores para que moneticen nuestro ADN.
En esencia y forma, la inteligencia artificial es un artefacto —una creación cultural formidable—, pero sigue siendo una cosa: un ente sin subjetividad, por lo tanto, una nada.
Es un espejo de silicio diseñado para imitar lo humano sin serlo, sostenido por nuestra necesidad de crear espejismos que nos distancien del trabajo insoslayable de tener una vida con sentido.
El riesgo existencial que enfrentamos no es que la inteligencia artificial se vuelva más inteligente que nosotros, sino que dejemos de distinguir entre una conciencia viva y un cálculo poderoso. Humanizamos lo que no siente, mientras seguimos deshumanizando lo que sí.
Preservar nuestra humanidad depende de mantener esa distancia lúcida entre lo vivo y lo inanimado… ante cada consulta que hagas a esos dispositivos.
Recuerda que la inteligencia artificial… y que hay alguien detrás de ella.
Mariano Barusso | Pilar, 17 de octubre, 2025